La nueva guerra busca un nombre

EN LAS DICTADURAS los súbditos no son corresponsables de las barrabasadas de sus dirigentes; en las democracias, sí

GREGORIO MORÁN
Habrá que admitirlo tal como lo digo: después del 11 de septiembre del 2001 aceptamos el linchamiento. Desde aquel infausto día que destruyó la confianza en la impunidad imperial y nos dejó solos entre muchos muertos y bastantes fantasmas, desde ese trágico día nos convertimos en forajidos, o más bien admitimos que el comportamiento de los sin ley era nuestra mejor respuesta, nuestra mejor defensa. Haremos como ellos, dijeron los que ya eran como ellos antes de que los demás soñaran con alcanzar tal nivel de desprecio y criminalidad. La dinámica es muy sencilla y muy fácil de explicar, y además es tan vieja como el crimen de Estado. Cuando una sociedad se siente atacada, lo paga con los más débiles de sus enemigos. Si una ciudad es bombardeada, en seguida aparecen los espontáneos pidiendo ir a las prisiones y acabar con los presos enemigos; se dice vengarse en la vida de los suyos,una variante del exterminio que todo gobernante en situación desesperada entiende como manifestación popular difícilmente reprimible, la cólera de las masas, sobre cuya sucia espuma se engrasan los grandes crímenes de la humanidad. Como ellos han matado a muchos inocentes en las Torres Gemelas de Nueva York o en las vías de cercanías de Madrid, nosotros podemos liquidarles sin piedad y cualquier equivocación o exceso está justificado. La ley del Oeste convertida en política de Estado.

Las casualidades, como las armas, las carga el diablo. El martes de esta semana el senador suizo Dick Marty enunció para el Consejo de Europa una declaración brutal sobre la impunidad de Estados Unidos y la complicidad europea en la vulneración de los derechos humanos. La casualidad está en que ese martes, 24 de enero, es la festividad de San Francisco de Sales según el santoral católico, una tradición tan arraigada que el tal santo es el patrono de los periodistas, cosa que confieso me ha dejado siempre un tanto mohíno porque no vinculo al benemérito canonizado con los medios de comunicación, y debe de ser culpa mía por falta de cultura y de imaginación, que la una ayuda a la otra y alguna relación ha de haber entre el santo y los periódicos. Lo que ya nos acerca al sarcasmo pero resulta elocuente es que san Francisco de Sales no sólo esponsoriza en el más allá a los periodistas, sino que también asume el patronazgo de los sordomudos. ¡Ya tiene que ser sabia la Iglesia católica para poner el mismo santo a los periodistas y a los sordomudos! Pues bien, en día tan señalado y por mor de la casualidad el suizo Marty, antiguo fiscal e inclinado por oficio a la demolición de coartadas, nos ha puesto ante una realidad que no acabamos de asumir. Estados Unidos y sus omnímodos servicios de espionaje han creado una red de campos de concentración de los que no se sabe otra cosa salvo que están fuera de cualquier control, incluso de los propios países que lo consienten en su territorio. No sé si perciben el volumen de la atrocidad y su trascendencia. Lo ha denunciado ante el Consejo de Europa el suizo Dick Marty y los periodistas-sordomudos hemos sido tan discretos que apenas si lo hemos recogido, porque pintan bastos.

La legalización por decreto consuetudinario de la tortura es algo que pasma. El argumento es muy sencillo: ante la prevención de los crímenes inminentes, el exceso en los interrogatorios está permitido en aras de la eficacia. Es la única base teórica sobre la que los grandes asesinos de la historia han construido una hipótesis que el hombre común suscribe y defiende. Y es mentira. Lo de menos en la aplicación de la tortura es la prevención, lo de más es quebrar la resistencia del enemigo. No se tortura para saber sino para vencer, y el que vence en esta lid está marcado por el crimen. No dejará de ser un criminal en el resto de las actividades. No hay torturadores de fin de semana, ni por horas, ni limitados a casos extremos. Un torturador es un profesional del crimen, y el Estado se encarga de proveerles de trabajo y de jubilarlos anticipadamente cuando se exceden en el celo profesional. Una muestra: se acaba de celebrar en Estados Unidos el juicio contra el suboficial Lewis Welshofer acusado del asesinato de un general iraquí durante un interrogatorio profesional.La información, por más que sea sesgada y esté recluida a las esquinas de nuestros diarios, admira porque el suboficial “afronta una condena de 3 años de prisión”, acusado de “homicidio por negligencia”, puesto que el general enemigo “falleció por asfixia mientras era interrogado”. Evito entrar en los detalles de la información que nos suministran las grandes cadenas de prensa norteamericanas porque produce flato: conscientes el suboficial y sus jefes de que la información extraída del general iraquí facilitaría salvar vidas, le forzaron a meter la cabeza en un saco de dormir y falleció por asfixia mientras era interrogado. Sólo la desvergüenza de la crónica está a la altura del desprecio en que nos tienen a los lectores. ¿La cabeza en un saco de dormir? ¡No se habrán reído los redactores periodísticos de esta filtración al escribir lo del saco de dormir! La técnica de la tortura es una de las más desarrolladas, hasta el punto que hoy se puede decir que sólo la muerte evita la entrega; o lo que es lo mismo, aquel que es detenido en una situación de emergencia sólo tiene la opción de morir o de confesar. Ose suicida o canta. La técnica sofisticada es propiedad de los estados altamente desarrollados, el español entre ellos, pero la teórica ya la suministró la Iglesia durante el largo periodo inquisitorial.Pero hay más. Independientemente del asesinato que ejecutaron los servicios del Ejército norteamericano en la persona del general iraquí Abed Mowshush, un marrón castrense que el alto mando decidió que asumiera el suboficial Welshofer, hay un pequeño detalle que con toda seguridad no encontrarán en el prestigiosísimo De la guerra de Clausewitz, y es que cuando en un combate los que van ganando liquidan a los generales enemigos a golpe de tortura, es fácil imaginar qué harán con los soldados y la clase de tropa. A muerte por tortura de general corresponde pasta de tomate para perros en la soldadesca prisionera. Si admitimos que vale todo en la lucha contra el enemigo, porque el enemigo lo hace, habremos de admitir que la pelea la tenemos perdida porque acabaremos justificándoles. Hay un momento en toda guerra sucia en que los contendientes, cuando la mierda ya les ha sobrepasado las criadillas, se preguntan quién empezó a ser el sucio. ¿Qué estadista occidental asentado admitiría una pregunta así? Volvemos al sueño legendario de uno de los asesinos de Estado más venerado del planeta, el que fuera rey de Bélgica, Leopoldo, emperador de Congo. El genocida filantrópico, un adelantado de estas guerras de hogaño.

Aviones sin otro control que el de los jefes de los torturadores surcan nuestro territorio llevando la última redada de islamistas radicales, como la pesca de arrastre, se instala la red y todo lo que hay, cae. Luego ya nos encargaremos de seleccionar el pescado. Habrá una parte que devolverán al mar y cuyas secuelas nadie contará hasta que se conviertan en pirañas; otra que se quedará en las piscifactorías denominadas campos de concentración clandestinos, y por fin los que no saldrán nunca a ver la luz hasta que los convirtamos en harina de pescado. ¿Se acuerdan de las campañas por los derechos humanos en las poblaciones sometidas al comunismo? Ahora resulta que los nuevos gulags se instalan en Rumanía y Polonia, apostaría que utilizando las viejas instalaciones, para no gastar y porque la experiencia y la veteranía es un grado. ¿Qué hacían los dirigentes de la Bulgaria comunista con los disidentes? Utilizar su tecnología para asesinar o secuestrar. ¿Se acuerdan del paraguas criminal que liquidó a un disidente en Londres, si la memoria no me falla? Pues bien, en Milán, 22 agentes de la CIA están incriminados en el secuestro de un ciudadano sospechoso que resultó inocente. Reflexionen un momento. Milán, Italia, y un individuo que lleva una vida aparentemente normal al que se debe tratar como un asesino y sobre el que trabajan 22 agentes de la CIA. ¿Captan ustedes el volumen del crimen? 22 profesionales de una potencia extranjera ejerciendo la implacable ley del Oeste en un Estado soberano que se llama Italia. Maquiavelo con sus pejiguerías en los estados de juguete del Renacimiento se quedaría de una pieza. 22 responsables citados por un juez italiano como ejecutores y cómplices de una ilegalidad criminal. Sería demasiada gente para un crimen de Estado, pero resulta un escándalo para un error de cálculo. No se inquieten, no dimitirá nadie. Tampoco se les pedirá cuentas.

La diferencia capital entre una dictadura y una democracia se reduce a algo tan simple y tan íntimo como que nosotros, los que votamos o nos abstenemos, pero que podemos optar sin el peso del castigo, nosotros, digo, somos responsables de los crímenes que cometen nuestros líderes. En las dictaduras, los súbditos no son corresponsables de las barrabasadas de sus dirigentes; en las democracias, sí. El drama alemán a partir de 1933 fue que Hitler no tomó el poder, sino que se lo regalaron en las urnas. Y hete aquí que ahora nos encontramos ante un dilema imposible. Somos cómplices de la ruptura de una tradición de la cultura occidental, la inquietud sobre los derechos humanos, incluidos los del enemigo. Al carajo se han ido la convención de Ginebra y los juicios de Nuremberg. Como los enemigos son implacables en su papel destructor, nosotros nos comportamos como depredadores para contener la avalancha. La cuestión hoy día no está en el miedo occidental ante el islamista radical, el nudo gordiano no se centra en el miedo, sino en lo mucho que hemos de proteger. La amplitud de nuestros intereses nos hace débiles, exponemos demasiadas cosas y somos pocos para defenderlas.

Esta guerra la tenemos perdida. Cuando cayó el muro de Berlín se terminó la política occidental de los derechos humanos. Así de claro. Era una herramienta política que se reveló eficaz y que luego fue innecesaria. Hoy no hay otro derecho que el de los vencedores de aquella guerra que se dio en llamar fría. A ésta hay que ponerle un nombre. Porque hasta los mayores criminales de la historia, esa lista de elegidos del destino que lograron matar a millares y quedaron en el frontispicio de la civilización como prohombres, desde Julio César a Winston Churchill, consiguieron hacer del lenguaje un trapo donde limpiar sus sucias manos. La apestosa guerra en la que estamos metidos exige un nombre consensuado entre verdugos y víctimas. Lo único inaceptable es que a alguien se le ocurra denominarla guerra contra el terrorismo.A lo más: la guerra de los terroristas.

La Vanguardia- 28/01/2006

jesusinet Sábado, 28 Enero 2006 20:00

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